ARQUETIPOS
Disposición innata en las personas para percibir de una manera que es típica para la especie humana. El arquetipo no es lo que se percibe sino sus efectos. Los arquetipos son comunes a la comunidad, pero sus imágenes son influenciadas por la historia y la cultura.
Los arquetipos estimulan el afecto, nos ciegan a la realidad y toman el control de la voluntad. Vivir arquetipalmente es vivir sin límites. El arquetipo es una tendencia heredada para formar representaciones de motivos mitológicos. Los arquetipos son formas con contenido, la posibilidad de cierto tipo de percepción y acción. El arquetipo se manifiesta indirectamente como una imagen. El arquetipo es psicoide, esto significa que, se encuentra en la dimensión entre la mente y la materia. Tiene un aspecto afectivo intenso y sus manifestaciones tienen un aura luminosa. Está detrás de los eventos sicronísticos.
De la amplia gama de arquetipos existentes, como pueden ser el nacimiento, la muerte, el héroe, el puer aeternus, dios, el senex, cinco son los que han alcanzado un desarrollo superior al de cualquier otro:
Persona
La persona (en latín, «máscara» del actor) representaría el arquetipo de la máscara dentro de la conceptualización de la psicología analítica de Carl Gustav Jung.
Comienza Jung planteando en su obra Tipos psicológicos el hecho claro de que un individuo normal nunca puede manifestar una pluralidad de personalidades, pero sí la posibilidad en potencia de una disociación de la personalidad. También en individuos normales existen vagas huellas de una escisión del carácter. Basta observar cómo se modifica la personalidad de un individuo en distintas circunstancias, al pasar de un ambiente a otro. En cada ocasión aparece un carácter bien definido y distinto del anterior. Dos ambientes totalmente distintos exigen dos actitudes totalmente distintas. Dichas actitudes generan un desdoblamiento del carácter según el grado de identificación del yo con las mismas.
Una persona así no dispone de un carácter real, no es individual sino colectivo, correspondiendo a las circunstancias generales. Si fuese individual tendría el mismo carácter a pesar de la variedad de la actitud. No sería idéntico a la actitud correspondiente y su individualidad se expresaría en toda situación.
Mediante su identificación más o menos completa con la actitud adoptada en cada caso engaña cuando menos a los demás, y a menudo se engaña también a sí mismo, en lo que respecta a su carácter real; se pone una máscara, de la que sabe que corresponde, de un lado, a sus intenciones, y, de otro, a las exigencias y opiniones de su ambiente; y en ello unas veces prepondera un elemento y otras el otro. A esa máscara, es decir, a la actitud adoptada ad hoc, yo la llamo persona. Con ese término se designaba la máscara que en la Antigüedad llevaban puesta los actores teatrales.
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